sábado, 16 de julio de 2011

Mañana por ti. Nunca por mí.



Son casi las siete de la tarde y el funeral está a punto de comenzar. La protagonista de esta reunión para este último adiós tiene solo 23 años. La iglesia está a rebosar, aunque es posible que en este momento haya mucha más gente fuera charlando de banalidades, que dentro rezando y prestando verdadera atención a lo que allí se va a decir en unos minutos. Irati no era muy de santos ni de misas. De hecho no era nada. Ni creía, ni dejaba de creer. Simplemente aquel rollo no iba mucho con ella y le daba igual. Tenía mejores cosas que hacer, o eso había dicho en alguna ocasión, que dedicarle un solo minuto a algo que no sabía si de verdad existía o eran simples cuentos de hadas o de vividores sin escrúpulos. Y que nunca en su corta vida le había quitado el sueño nada de eso, vamos. Aunque como muchas muchachas de su edad, había soñado varias veces con casarse algún día de impoluto blanco y por la iglesia. Pero aquí está hoy, a punto de que den las siete de la tarde, de cuerpo presente sin pedir estar y a la vez sin protestar. Al fin y al cabo, tampoco hay nada de malo en ello. Nadie es tan malo como aparenta, ni tan bueno como dice ser.

Hacía poco más de un año que le habían detectado la enfermedad. El diagnóstico fue claro. Demasiado claro. Pero la mayoría de las veces tiene cura, no te preocupes, le dijo con cara de pocos amigos y con más ganas de que llegase el fin de semana y pirarse a la playa, que de atender a pacientes aquel miércoles el hematólogo que le correspondía. Un poco por aquí y un poco por allá. Pruebas y más pruebas. Unos días, quizás una semanas de ingreso en este mismo hospital, un corto pero duro tratamiento y a vivir, que son tres días. Aunque luego pensó que lo de los tres días bien podría habérselo ahorrado. Por si las moscas. Pero ya lo había dicho. Y si las cosas no evolucionan, siempre nos queda el trasplante, añadió el hematólogo, restándole importancia al comentario anterior de los tres días. ¿El trasplante? Si, el trasplante. El trasplante de médula. De médula ósea.

Irati era una gran persona. Conocía a mucha gente. Demasiada. Había sido voluntaria durante muchos años de una famosa entidad benéfica que ayudaba a niños con problemas, había colaborado en infinidad de proyectos con otra infinidad de asociaciones y había sabido durante sus 23 años ser una persona de lo más sociable con todos aquellos que la rodeaban. Aunque solo estuviesen con ella cinco minutos. Presumía de haber tenido hasta siete novios formales e incluso casi media centena de rollitos esporádicos que no la dejaron apenas huella. Pero no sé porqué digo esto, porque no viene a cuento.

La primera vez que le hablaron en serio y como única salida sobre la posibilidad del trasplante, no pudo evitar que de nuevo un escalofrío recorriese su cuerpo y su alma. Fue una sensación un tanto parecida a la que sintió el día en que le diagnosticaron su enfermedad, aunque un poco más leve por aquello del callo que se adquiere con los sustos y con las malas noticias en las frías salas de ambulatorios y hospitales. Leucemia, le habían dicho aquella otra vez. Cuando de verdad sintió como si se le cayese el mundo encima. Pero cuando le explicaron en lo que consistía el trasplante de médula, fue como quitarse un pequeño peso de encima que solo le había durado unos minutos. Tenía sus peros, pero tampoco le parecieron tan graves. Tampoco lo eran. El problema vendría con el donante. Su familia cercana era escasa. No tenía hermanos y con ello se le cerraba una pequeña puerta, aunque insisto en lo pequeña, como acabo de decir. La posibilidad de que su hipotético hermano hubiese sido compatible con ella, era solo de un 30%. Pero ni siquiera existía ese hermano, ni por lo tanto, esa posibilidad. Llegó a tener uno en forma de embrión, pero se apagó antes de decirle buenos días, buenas tardes o buenas noches a la aventura de la vida. Otra opción eran sus padres, aunque ellos se quedaban solo a la mitad de posibilidades. Uno podría y el otro no. Su madre se hizo las pruebas y resultó no ser compatible. Solo tenía un 5% de posibilidades de serlo, como sucedería con uno de sus tíos, que tampoco tuvo suerte al entrar dentro del otro 95%. El de la incompatibilidad familiar. Aun así, ambos, madre y tío, decidieron entrar en los Registros Internacionales de donantes de médula, por si el día de mañana otra persona necesitara de ellos. Su padre ni siquiera tuvo la opción de hacerse las analíticas. Padecía otra enfermedad, que aunque no grave, sí le hacía incompatible con la posibilidad de donar incluso sangre. Elementalmente, cabe destacar que llegados a este punto, el resto de tratamientos habían obtenido resultados nulos. Pero no había nada perdido, le dijeron. Todavía.

Desde aquel día, Irati, entre asustada por su mala suerte con aquella enfermedad que se había acoplado a su forma de vida y animada a la vez por el hecho de que en algún lugar existiese un donante que la pudiese devolver al mundo de los que se preocupan por verdaderas gilipolleces y no le dedican sus pensamientos en pleno a una enfermedad, decidió involucrar a toda su gente en su problema. Ya no solo por ella, sino por todos los que estaban pasando por lo mismo y a los que a algunos había conocido gracias a una famosa asociación que lleva el nombre de su creador. Josep Carreras ( http://www.fcarreras.org/es ). Uno a uno, una a una, aprovechaba cualquier conversación, cualquier café, cualquier paseo o cualquier concierto, comida o cena para explicarle a sus amigos, compañeros de trabajo, excompañeros de clase, vecinos o simples conocidos de poco más que el hola y adiós, en lo que consistía ser donante de órganos y de médula ósea en particular.

Es muy sencillo y no tiene consecuencia alguna, decía siempre con una leve sonrisa en la boca, aunque a mí me daba la impresión de que contarlo una y otra vez no le hacía gracia en exceso. Sobre todo cuando en algunas ocasiones notaba ausente a su compañero de charla. Como si lo que le estaba diciendo Irati fuese un peñazo. Hay dos formas diferentes de donar, seguía contando orgullosa Irati. Una es la donación de médula ósea en sí, la cual requiere solo de un pequeño ingreso de 24 horas del donante en el centro hospitalario en el que se lleva a cabo la donación y que no consiste más que en unas punciones aspirativas realizadas en la cresta ilíaca, siempre bajo anestesia general o epidural, que es la misma que se utiliza cuando una parturienta va a dar a luz. La otra forma es la donación de progenitores hematopoyéticos de sangre periférica, que dicho de una forma más sencilla, viene a ser la donación de células madre. Para esta otra forma, seguía contando Irati, al donante se le administra una medicación inyectable de forma ambulatoria durante los cuatro o cinco días previos a la donación. Luego no requiere ingreso alguno. Simplemente se le realiza una extracción en una o en dos sesiones mediante una sencilla técnica denominada aféresis. Dicen que en algunas personas esto causa una sensación similar a la de la gripe, pero dura solo unos días y tampoco ocurre siempre. A Irati se le iluminaban los ojos cada vez que lo explicaba, no porque le hiciese gracia andar todo el día con el mismo tema a cuestas, sino porque cada vez que exponía el tema, veía en su amiga, en su conocido, en su vecino, compañera de trabajo, del cole o de lo que fuese, a la persona que iba a cambiar sus días. A la persona que iba a salvar su vida. A la que conseguiría que su máxima preocupación fuese qué pantalones o qué vestido ponerse al día siguiente y no otra vez su enfermedad. Ventitrés años no es la edad precisamente a la que debe morir nadie, por mucho que a veces la naturaleza y algún que otro desalmado se empeñen.

Irati seguía con su conversación. Además, el que te hagas las pruebas, no quiere decir que vayas a donar. Es más, muy poca gente acaba donando luego, porque no es compatible con nadie que necesite de ella. Simplemente te hacen la analítica y los resultados se incorporan a una base de datos internacional, que aquí gestionan desde el Registro Español de Donantes de Médula Osea, o REDMO. Si, si, la base de datos es internacional. Y si algún día te necesitan, te llaman. Y si no te necesitan, que es lo más probable, pues tú a lo tuyo. Y si te llaman, sabes que vas a salvar la vida de otra persona. ¿Sabes lo que eso significa?. Salvar la vida de otra persona. Es increíble. ¿Alguna vez has salvado la vida de alguien? ¿Alguna vez te has planteado que en un momento dado, otra persona podría llegar a salvar la tuya? A Irati se le volvía a iluminar la cara. Esa persona podría ser ella misma. Irati. 23 añitos. Siete novios a sus espaldas. Media centena de rolletes pasajeros. Toda una vida por delante. Mil proyectos estancados desde hacía poco más o poco menos de un año, que en determinados momentos, hasta el tiempo carece de importancia. Todos sus planes limitados al mero hecho de intentar sobrevivir hasta vete a saber cuando, sin poder saber siquiera si el próximo verano volvería a ver a sus amigos a los que solo ve en vacaciones.

Muchos de sus amigos parecían interesarse por el tema. Algunos se preguntaban cuales eran los motivos por los que este tipo de cosas no se publicitaban en los medios. Porqué no lo decían a diario en la tele. En la radio. En los periódicos. Porqué las autoridades sanitarias, que tanto empeño le ponen en que no fumemos, en que no corramos con el coche y en que nos pongamos el casco y el cinturón, no le dedican el mismo esmero a concienciar a la sociedad para que se hagan donantes. Porqué el cura en todas las misas en vez de decir amaos los unos a los otros y yo soy la salvación, no dice haceros donantes. Donantes de órganos. Donantes de sangre. Donantes de médula ósea. Donantes de lo que sea. De corazón. De riñón. De pulmón. De felicidad. De vida. De mucha vida. De simple, llana y pura vida.

Irati se lo explicó con extremado cariño a todos sus amigos. A Elena, a Javi, a Leire, a Marta, a Sergio, a Iker, a Paula, a Rakel, a Lorena, a David, a Naroa, a Sara, a Eneko, a Mikel, a Janire... Y todos o casi todos asintieron como convencidos de algo que hasta ese momento ignoraban. Algunos llegaron a informarse en su ambulatorio, que es el lugar donde te van a decir cuales son los primeros pasos que debes dar. Y creo que a unos pocos les llegaron a inscribir en el Registro Internacional de Médula Osea, pero muy a su pesar no eran compatibles con su amiga. Un par de ellos ni siquiera se lo llegaron a contar a Irati. No merecía la pena. Las mejores acciones son aquellas que pasan desapercibidas para todos, menos para el que las hace. Porque cuando las cosas están bien hechas, sobran hasta los agradecimientos. Otros sencillamente no pudieron ni intentarlo. Cualquier enfermedad presente o pasada podía echarlos para atrás. Una hepatitis, anemia, un exceso en sangre de glóbulos, de hierro u otras docenas de enfermedades que a veces desconocemos hasta que alguien de nuestro entorno nos dice que padece.

Son casi las siete de la tarde y el funeral está a punto de empezar. La iglesia está a rebosar. Unos fuera y otros dentro. Puede que haya aquí ahora más de 500 personas. Yo diría que hasta puede que haya más de mil. Tres mil y pico, dice uno que presume de haberlos contado ¿Qué más da?. Irati no pudo superar aquella enfermedad. Nunca apareció un donante compatible con ella. Los dos últimos meses de su vida fueron especialmente duros. Los quince últimos días aun más. Sabía lo que se le venía encima. Las últimas horas no tuvo ya la posibilidad de ser consciente de que todo había terminado. Ya estaba sedada. Sedada para siempre en el mismo hospital donde la habían estado tratando meses antes.

Son ya las siete y pico de la tarde y el funeral ya ha comenzado. Mucha gente llora sin consuelo la todavía breve, pero eterna ausencia de Irati. Su amigo Iker es uno de ellos. Y Leire. Y Elena. Y David. Y Sara. Sará también está llorando. Como también lo hace Naroa. Desconsoladas las dos. Naroa vivía en el mismo barrio que Irati. Solo unas calles separaban sus casas. Sara en otra ciudad un tanto lejos. Era una de sus amigas de vacaciones. Siempre coincidían en un pueblo creo que de Valladolid. Y aunque ambas, Sara y Naroa, eran amigas desde hacía toda una vida de Irati, entre ellas no se conocían. Hace un rato las han presentado. Ambas lloran desconsoladas. Y ninguna de las dos, ni Sara, ni Naroa, ninguna de las dos, saben ahora, como tampoco sabían antes y como tampoco sabrán nunca, jamás, en la vida, que de haberse hecho una simple analítica en su momento, ahora Irati estaría seguramente viva. Y todo gracias a cualquiera de ellas. Gracias a Sara o gracias a Naroa, quienes nunca tan siquiera llegaron a plantearse la posibilidad de hacerse donantes de médula. Aunque solo fuese por su amiga. Irati. La misma por la que ahora lloran sin consuelo. La misma por la que ahora, en este momento y en este maldito funeral que no debería de estar sucediendo, dicen que darían hasta su vida. No solo un trocito de su médula. No. Darían hasta su vida. Pero Irati ya no estará con ellas nunca más.

domingo, 22 de mayo de 2011

Tino vota. Marta gana.



Tino no entiende de política. Marta vive de ella. Tino está casado y tiene dos hijos aun pequeños que ya andan, pero aun no saben hablar. Marta no quiere hijos. Alega en su defensa que con ellos no podría viajar ni vivir como vive. A cuerpo de reina. O de concejala. De diputada o de ministra. Pero a cuerpo de algo. Por ahí van los tiros. De sarao en sarao. De pleno en pleno. De congreso en congreso. Al final, para el que no sabe, todo le suena igual. Quince días en Irlanda, quince en Japón. Quince en la playa, quince en la casita de la montaña. Otros quince allá en la Conchinchina -¿existe la Conchinchina?-. Tino tiene una hipoteca de más de mil euros mensuales y cuatro cláusulas abusivas que ni se plantea denunciar. Con solo ver a Botín en la tele con su puta corbata roja, ya le dan náuseas y malas tentaciones. Al final de su vida, habrá pagado dos pisos. Con suerte para el banco, puede que más. Marta vive con su novio en una de las casas de su madre, que tiene creo que tres. Dos en la misma calle, aunque separadas por casi un kilómetro de distancia y cuatro cruces de calles con semáforo. Y otra en Santa Pola, más pequeñita, provincia de Alicante. Yo nunca he estado allí. Tampoco en Benidorm. Ni siquiera en Teruel, aunque me consta que existe. Tino está sin trabajo desde hace poco más de un año. No encuentra nada, ni de lo suyo ni de lo otro. Le indemnizaron con cuatro míseros duros, ya que el espabilao de su jefe primero le mandó a un invento para joder al currela al que bautizaron como ERE. Así, con mayúsculas. Que viene a significar algo así como "estás jodido, pardillo". Tino es una buena persona. Marta me consta que también. Ambos sangran si se cortan. Ambos tienen la sangre roja. Y ambos lloraron cuando murieron sus repectivos padres. Tino le llamaba aita. Marta le llamaba papá. Los dos hablan a menudo de él. Tino aun le echa de menos. Marta también.

Tino vive de lo poquito que le pagan unos señores a los que no pone cara llamados "el paro" y del catastrófico sueldo de su mujer, cajera a doce horas de una gran superficie que factura grandes millonadas al mes. Ella tiene una amiga soltera, venida de lejos, de algún que otro país, también con dos hijas, en este caso dos niñas, a la que el Estado le paga por estar sentada en su casa contando azulejos más de lo que gana ella en la caja del súper aguantando pellejas y soportando la estúpida luz roja de una videocámara que no deja de enfocarla y grabarla mientras lo revisa algún soplapollas con contactos y amigos en el partido de Marta. Marta vive de la política. Dicen las malas lenguas que se levanta unos 5.500 euros al mes. Tino cuenta que de niño robó un paquete de galletas rellenas del Principe de Beckelar y cuatro naranjas en el ultramarinos de debajo de su casa. Marta asegura que nunca en su vida robó. Tino dice que la política es una mierda. Marta dice que ella si está en política, es por hacerle el bien a sus vecinos, incluido el pobre y amable Tino, quien parece no darse cuenta y encima no agradece el duro trabajo de Marta.

Tino a veces siente miedo. Le han atracado dos veces en un mes y en una de ellas le acompañaba su hijo pequeño, que no dejó de sonreirle al dulce atracador ajeno a sus intenciones y acciones, quien tras ser detenido y comprobada su abultada ficha policial, fue puesto inmediatamente en libertad gracias a unas leyes que, al contrario que las de Tráfico o la del tabaco, no se pueden modificar. Tampoco la del menor. Pobres niños. Asesinos, pero niños. Inocentes niños. Asesinos inocentes niños de niños más inocentes aun y más pobres, si cabe. Con Marta van siempre dos señores de anchas espaldas que le cubren la suya. Y tiene licencia de armas, aunque a pesar de lo abultado de su bolso, jura y perjura que no lleva hierro ninguno con ella. Y puede que, y solo digo que puede, sea por ello, que tampoco lo sé, que a veces sucede que cuando alguien la insulta o la mira con cara de genio en la calle, aunque no la reconozcan y sea solo por, por ejemplo, colarse en la cola del súper donde trabaja la esposa de Tino, se permita levantar el dedo corazón, ese del medio de la mano, "da igual que derecha, que izquierda, que ambas son igual", a la vez que sonríe como queriendo decir - jódete, imbécil!-. Yo no sé si eso es verdad, pero así lo cuenta con gracia y sin gracia alguna a la vez la madre de los hijos de Tino. Tino dice que todos los políticos son unos sinvergüenzas y unos ladrones. Marta dice que no es verdad. Que puede que haya algunos chorizos, pero que los de su partido nunca lo fueron. Que ellos lo hacen todo muy bien. Que todos los imputados lo están por envidias y encerronas mal paridas.

El otro día fue jornada de reflexión y Tino se pasó el día muy preocupado reflexionando: - ¿Como sacaré adelante a mis hijos cuando se me acabe esto del paro? ¿Y si mañana despiden también a mi mujer?-

El otro día fue jornada de reflexión y Marta se pasó el día muy preocupada reflexionando: -¿Conseguiremos quitarle el poder a los putos sociatas de mierda? Puede que sí. La campaña ha sido realmente buena.- O no, calla, que no es así. Que Marta era sociata. Los malos eran los otros, los de la gaviota. O no. Coño, no se qué me pasa, pero últimamente siempre me acabo liando con pequeños detalles. Sin demasiada importancia, eso sí.

Hoy han sido las elecciones. Tino está agobiado. No entiende una mierda de política y tampoco quiere entender. Su motor lo alimentan sus dos niños y su mujer. Solo sabe que ha sido domingo y que ha echado de menos a los pequeños. Y los pequeños le han echado de menos a él. Solo sabe que ha sido domingo y que se lo ha pasado sentado en una minúscula silla de colegio infantil donde a diario se sientan niños de nueve y diez años, y se ha pasado el día diciendo trescientas veintisiete veces "vota". "Vota". "Vota". Solo sabe que una carta certificada y urgente le dijo hace un par de semanas que tenía que pasarse obligado el domingo enterito sin mujer y sin hijos allí. So pena de cárcel. So pena de multa. So pena de "en busca y captura". So pena de "yo ordeno y tú obedeces, so gilipollas". Y todo por un bocadillo. Y por un puto puñao de euros. Por vivir en democracia. "Vota". Puta democracia. "Vota" Falsa democracia. "Vota". "Vota". "Vota". Para lo del terrorismo, hemos de ser todos una piña. Para la delincuencia común, te buscas la vida, pringao. Si a tu hijo lo mata una bomba, cuarenta años de cárcel al que la puso y otros cuarenta al que la mandó poner. Si a tu hijo lo mata el yonki del barrio, pobrecito drogata. Con siete años de talego escarmienta. Y con un amiguito bien cerca, no se nos vaya a suicidar. Y como recurras, te cargan las costas. Por tonto del culo.

Hoy han sido elecciones y Marta está muy contenta. Su voto ha parecido una gran fiesta. Estaban hasta los de la tele. Ha comido pulpo a feira, percebes y chuletón de Galicia con sus compañeros de partido en el mismo restaurante del hotel donde suele alojarse el equipo ese de catetos millonarios cuando juegan contra el equipo local.

Tino y el resto de esclavos aun no han hecho recuento de votos, pero Marta ya ha salido de nuevo en la tele diciendo que habían ganado. Que por fin llegaba el cambio. Y lo celebra con risas y champán. Risas alegres y champán del bueno. Habían ganado. Marta había ganado. Mientras, Tino solo buscaba el momento de pirarse a su hogar y de echarse a dormir. Ni siquiera de abrazar esa noche a sus hijos, pues sabe que cuando llegue a su casa, llevarán horas durmiendo. Ajenos, gracias a dios o a quien sea, a todas las barbaridades de los adultos. Ajenos a tanto y tanto hijo de puta. Ajenos a todos aquellos que no solo se ríen de mi presente, sino también de su futuro. Del futuro de aquellos dos niños que ahora duermen sin haber visto en todo el día a su padre. Al amable "indignado" y quemado Tino. Al presidente de mesa por el Artículo de "me sale a mí de las pelotas"

Y eso que Marta había ganado. Y eso que Tino no había perdido. Tampoco había ganado. Tino nunca ganó. Tino nunca perdió. Ni ahora ni otras veces. Siempre, y ahora también, se había quedado exactamente tal y como estaba. Como hace un año, cuando se quedó en el paro. Como hace seis meses, cuando seguía en el paro. Como hace nueve años, cuando también fue un parado. Ahora volvería a pasar de nuevo desapercibido. Hasta el año que viene. Hasta las generales. Y ahora, igual que antes, Tino estaba Jodido. Bien jodido. Y eso que Tino también votó. Aunque solo fuese en honor a su abuelo, al que nunca dejaron votar. Entonces había una dictadura y todo el mundo lo sabía. Ahora hay otra y pocos logran darse cuenta.





Cualquier parecido con la coincidencia, no es más que pura realidad. No le den más
vueltas, no sea que encima les vayan a ilegalizar.

viernes, 11 de marzo de 2011

Adios, esposa mía



Aquella fosa cavada con picos y palas tan solo unas horas antes por los propios vecinos del pueblo, esperaba abierta y ansiosa a la anciana que reposaría para siempre en sus entrañas. Una misa en su honor. Un oscuro sermón cansino e inservible. Un último paseo, caja en hombros, por las calles embarradas del pueblo y el adiós definitivo en aquel pequeño cementerio, casi visible desde la misma casa de la fallecida, convertiría la jornada en algo agobiante y triste, como pocas cosas ocurren en la vida, a la vez.

Ante aquel tétrico agujero, con un montón de tierra en uno de sus lados que serviría para taparlo después, nos reuníamos unas pocas personas para darle a Josefa el último adiós. La pequeña familia de la difunta. Los escasos vecinos del pueblo casi al completo y algunos que otros venidos de pueblos colindantes. Aunque dudo que entre todos sumásemos más de medio centenar de almas vivientes. Rezos continuos, súplicas imposibles, ancianas y no tan ancianas de impoluto, riguroso y patético luto, ancianos con su cabeza al aire y su boina entre las manos, sotanas con olor a naftalina caducada, gemidos agónicos y lloros casi forzados, me traían a la memoria escenas nunca vividas por un servidor de lo que podría haber sido un funeral en la España profunda de años peores. Y es que aunque parezca mentira, en muchos lugares poco o nada ha cambiado en estos aspectos.

A mi lado, un hombre alto, amable, bueno y curtido en la vida. Contaba en sus buenos tiempos que con catorce años tuvo que buscarse la suya en América. Un ratito en Cuba y otro en Nueva York. Hablaba inglés casi como cualquier norteamericano. Al regresar de nuevo a su hogar, casi de la misma manera que se marchó, y tras poner en orden su vida, esposa, rapaces y tal, le sorprendió la guerra civil, siendo amenazado y coaccionado en varias ocasiones por aquellos que decían querer una España mejor. No buscaban su apoyo. Simplemente dinero. Puto y maldito dinero. Curiosamente, vecinos y amigos de toda la vida. Aunque como casi todos los que pasaron por ello sin ser de ningún bando y de todos por derecho adquirido a la vez, evitaba hablar casi siempre de aquello. Pasaron página como solo los buenos hombres saben pasar. Olvidando y perdonando. Cerrando puertas al dolor dando portazos. No hacía falta más que mirarle a los ojos. Eran los ojos de una bella persona. Valiente y humilde. Elegante y con clase.

Aquella fría tarde de Febrero en aquel cementerio, se colocó a mi izquierda. Brazo con brazo. En primera linea. Delante de aquella fosa hambrienta de cuerpo recién fallecido. Aunque dudo que en aquel preciso momento, aquel hombre supiera quien era yo, aun conociéndome de toda mi vida. Los años no pasan en balde y las enfermedades ni saben de cribas ni entienden de buenos y malos. Tomás había perdido la cabeza hacía ya algún tiempo y a mi llegada horas antes, no había sido capaz de reconocerme. Tampoco a mi padre. Y ni siquiera fue consciente de que su casa fue convertida durante horas en un velatorio. En un ir y venir de lágrimas con piernas. Rezando rosarios. Uno tras otro. Como martillos gigantes golpeando paredes en días de resaca. Pegándote palmaditas, apretones de manos y diciendo que te acompañaban y que sentían lo mismo que tú, cuando de sobra sabemos que no es más que un aburrido e innecesario cumplido.

Entre unos pocos metieron la caja en aquel agujero. Mientras, la escena no parecía ir con el señor Tomás, que más bien tenía su mirada perdida y quien sabe qué pasaría por su vieja y trabajada cabeza. Fue entonces, cuando al echar la primera palada de tierra sobre aquel ataúd donde descansaba Josefa, pareció reaccionar y de repente dio un paso al frente y para mi sorpresa, con la mirada triste y la voz firme, dijo: -adiós, esposa mía-. Y volvió a sumergirse en su mundo de incógnitas.

Dos años más tarde, cuando el calendario mostraba el mes de Marzo de 1994, falleció Tomás. Tenía 89 años. Ley de vida. No conviene darle vueltas ni hacerse más preguntas de las necesarias. Y volvimos a juntarnos casi los mismos en aquel pequeño cementerio de aquel pueblo perdido de la mano de Dios. Con la compañía de los mismos rezos. El mismo luto. Las mismas tradiciones. Los mismos miedos. La misma sotana. Esta vez para darle el último adiós a un hombre bueno. A un hombre grande. A un ejemplo a seguir. A una persona que fue capaz de impresionarme para el resto de mi vida con tres simples palabras que hoy le dan título a esta historia.

Allí estábamos, en el mismo lugar dos años más tarde. Esta vez para darle el último adiós a mi abuelo.

lunes, 21 de febrero de 2011

El rebelde y un par de botones.



Eran días de escuela. Mediados de la década de los 80. Los martes, antes de acceder al puente "caracol" que me llevaba directo al colegio, paraba por la tienda de chuches conocida como la de "las viejas" -aquellas dos dependientas tenían lo mismo de vejestorios que de setones amargados- con el fin de comprar la revista Tele Indiscreta. No por su inútil contenido informativo en sí, sino por las pegatinas preadolescentes que siempre regalaban. Era fanático de ellas, especialmente de las de la serie "V", que pegaba con esmero en portada y contraportada de mi carpeta estudiantil. He de reconocer que humana o lagarta, Diana -léase Daiana- tenía su morbazo.

Mi relación con los compis de clase era generalmente buena. Con algunos, aunque no muchos, sigo manteniendo el contacto, cosa que después de casi 30 años, no es tarea fácil.

A veces decir la verdad te convertía en el villano de la escena. La infundada fama de malo vencía a la razón. La inteligencia no se medía entonces, como tampoco se mide ahora, de forma superficial y por instinto, aunque muchos piensen lo contrario. Y como muestra, no un botón, sino mejor un par de ellos. Os cuento.


El botón de la payasa.

Una mañana de aquellas de escuela, al salir de casa con mi meta puesta en el cole, me encontré tirado en el suelo de la calle a escasos cien metros de mi portal un sobre abierto. Al curiosear en su interior, descubrí que dentro había un cheque a nombre de un tipo, que para mi sorpresa, era el padre de una de mis compañeras de clase. Casualmente, aquella era la niña que me gustaba. Bueno, a mi y creo que a media clase. Ella, sabiéndose de su relativo atractivo y de su lista de seguidores, no era precisamente la más humilde del lugar, pero bueno, digamos que tampoco es algo que reprochar a una niña de 12 o 13 años, guapa por la gracia de Dios y no por méritos propios. Emocionado como una devota católica practicante en el día de su confirmación, me acerqué a ella nada más entrar en clase y se la di, pensando, tonto de mí, en que con aquel gesto me ganaría para siempre su simpatía y eso me daría infinidad de puntos. Nada más lejos de la realidad. La muy payasa, guapa por fuera, pero insisto en lo de payasa, se mosqueó y me preguntó una y otra vez que de donde coño había sacado yo aquel sobre. Insinuó en varias ocasiones que yo se lo había quitado del buzón de su casa e incluso así se lo hizo saber a los profesores, que aunque en un principio me interrogaron algo moscas, al final creo que optaron por creerme, más que nada por aquello de que zanjaron el asunto sin más miramientos. Aunque ella, la guapa y payasa a la vez, creo que nunca me creyó. Luego me arrepentí de habérsela dado y de no haberla hecho pedazos o mejor aun, haberla dejado a merced de algún desalmado. Su padre no tenía culpa, lo sé. Pero yo tampoco y de haberla creído, es posible que me hubiese metido en un lío. Desde entonces me empezó a caer mal. Incluso dejó de gustarme. No se lo merecía. Por payasa.

El botón de la pizarra.

Cabe destacar que nunca fuí el mejor de la clase. De hecho, es posible que ni siquiera estuviese entre los 20 o 25 mejores. Y aun superando la treintena, tampoco éramos muchos más. Más bien encabezaba la lista de los malos. La de los trastos y rebeldes. Porque vago tampoco era. Cuando me pongo y el tema me interesa, no hay quien me gane. Pero el cole me aburría más que la Belén Esteban en un museo. A veces me pasaba horas desahuciado en el pasillo. Aunque ese castigo me sirvió para aprender a bailar breakdance, ya que allí nos juntábamos lo mejorcito de cada clase y tampoco era plan de estarnos quietecitos mirando al techo. Hoy lo pienso y reconozco mi maldad y mi pasotismo, pero también es verdad que tuve unos maestros que nunca pusieron el más mínimo interés por aquellos que no queríamos estudiar. Preferían enseñar a los que ya sabían. A los buenos. Y al fin y al cabo yo solo era un niño. Un niño que comparado con todo lo que se cuece hoy, sería algo rebelde, pero era un completo bendito.

Una tarde después de terminar las clases y siendo yo el último en salir del aula, escribí algo a tiza en la pizarra. Lo que ya no recuerdo es el qué, aunque sería algo del tipo a "tonto el que lo lea" o similar. Elementalmente, a la mañana siguiente al empezar la clase, se lió. La tutora, a la cual tenía un profundo odio y juro que olía mal, preguntó a ver quien había sido el gracioso que había hecho semejante obra. Y como no podía ser de otra forma, allí nadie contestó. Yo tampoco. Sería malo, pero no tonto. Entonces la tutora, en su linea de mala malísima de la muerte, que lo era, aparte de como ya he dicho antes, oler a demonios, nos amenazó a toda la clase con suspender una excursión que teníamos prevista en breve si no salía a lo largo de la mañana el autor de aquella pintada, que decidió no borrar para hacernos sentir más culpables. Todos nos mirábamos unos a otros como presuntos cabrones, suplicándonos en silencio que levantase la mano aquel que lo hubiese escrito. Y es que a todos nos jodía que nos robasen por la cara aquella excursión que ya no recuerdo donde era. En un acto de buena fe y solo por salvar aquella salida del cole, me delaté. -He sido yo-. La mofeta que tenía por tutora me miró extrañada y me dijo que yo no había sido. Un gamberro y capullo como yo, nunca se delataría. Insistí. Pero siguió sin creerme y dando la brasa para que se delatase su verdadero autor. Al final fuimos de excursión y me libré de aquel marrón solo por ser malo. El puesto de culpable quedó desierto. Algunos compañeros de clase me dieron las gracias por autoinculparme. Aunque me llamaban tonto por hacerlo. Si yo no había sido... Nadie me había creído. Y es que hasta ser malo tenía su lado bueno.

Situaciones parecidas me han pasado más veces en la vida. Pero creo que por hoy, es suficiente. Y si no les apetece, pues no me crean. Me la pela.

lunes, 14 de febrero de 2011

El blog de Janire



Janire tendría como cosa de quince años cuando hace al menos otros quince que la perdí la pista. No era más que una niña, una mocosilla, las cosas como son. Y tampoco podría aventurarme a lanzar una opinión sobre ella. Ni buena, ni mala. Por una parte, debido a que tampoco la conocí lo suficiente y no pretendo juzgar. Tampoco soy quien. Y por otra, que son ya muchos los años que han pasado y tampoco me acuerdo. Digo yo que típica niña con cien millones de fantasías, sueños locos de adolescente y muchas ostias por pegarse en esta puta vida. Es lo que hay. Ni más, ni menos.

No hace mucho, se me cruzó uno de mis tantos cables y en un cortocircuito cerebral de los tantos que me dan, rebusqué entre mis dos enormes, viejas y desgastadas cajas de zapatos, repletas de todas aquellas cartas que recibí en otros tiempos a lo largo de mi edad del pavo y del postpavo, con el objetivo de buscar y con suerte encontrar a aquella gente que olvidé o que me olvidó por culpa del tiempo, de la distancia o por simple falta de interés, y gracias a los remites de los sobres, intentar localizarles en este otro siglo a través del Facebook. Y Janire fue una de esas personas. Que igual ni se acuerda, pero conservo un par de cartas suyas mataselladas en Francia, creo que allá por el 96.

Por su perfil de la página social mencionada, descubrí que como yo, ella también tenía un blog. Pero no un blog cualquiera. Nada que ver con este que estás leyendo ahora. El suyo no es un blog donde Janire exprese aquello que se le pasa por la cabeza, haciendo crítica o metiéndose con todo bicho tonto y raro viviente. Tampoco es un blog divertido, ni de los que de verdad agrada del todo leer. Pero no me malinterpreten, porque a mí me ha encantado. No me hizo falta más que empezar a leer, para darme cuenta de por donde iban los tiros. Y me impresionó hasta el punto de que ya no pude parar. Y una vez situado, decidí buscar su primera entrada y leerlo al revés. Quiero decir, empezando desde el principio, cuando Janire empezó a escribir hace ya casi tres años e ir leyendo hasta la actualidad. Creo que he sabido explicarme, verdad? No obstante, creo que es así como se deberían de leer todos los blogs cuando uno entra por primera vez. Puede que el mio también. Pero en este caso tampoco es del todo necesario. En el de Janire, sin duda, sí.

El caso es que Janire, aquella a la que perdí la pista hace ya más de una docena de años, había pasado por una enfermedad de esas que no dejan indiferente a nadie que la padece. Y en su blog no solo habla de temas relacionados con dicho mal, sino que además intenta darnos a conocer casos similares al suyo y nos explica como nadie en que consiste, por ejemplo, ser donante de médula. Aunque lo que más me sorprendió, y por cierto, me ha llevado a escribir esto, es como cuenta el día a día de su enfermedad. Con una valentía asombrosa. Ganando terreno al miedo. Y con una sinceridad que hizo que se me pusiesen los pelos de punta. Nos recuerda que tenemos que vivir cada día como si fuese el último de nuestras vidas. Y cada año, como si de repente alguien nos dijese que este era el último. Porque seamos sinceros; la señora de la guadaña pasea a diario junto a nosotros. Como bien dice mi suegro, calle arriba, calle abajo. Decidiendo a quien coño llevarse con ella esta vez. Quien sabe si a un sitio mejor, pero por si las moscas, mejor que pase de largo también esta vez.

Y cosas así, como las que cuenta Janire, te hacen ver lo frágiles que somos. Hoy tenemos unos proyectos estupendos y mañana todo esto puede esfumarse y nuestra única inquietud consiste en la mera supervivencia. Y me hace regresar a aquellos días de no hace tanto, cuando un médico un tanto hijo de puta y sin escrúpulos me dijo de buenas a primeras que yo tenía cáncer. Y me pasé una semana dándole vueltas a toda mi vida. Cagado de miedo, pero plantándole cara como nunca hubiese imaginado. Pensando en mi hijo y en mi mujer. Y en lo puta que era la vida. Aunque tras soltar unos duros en la medicina privada, por aquello de que la salud es lo primero y en casos como este que le den por el culo al dinero, descubrí que el tal Doctor Robador, así se apellidaba y se seguirá apellidando, había confundido mis pruebas con las de otra persona, que encima ya ni siquiera formaba parte de los vivos. Manda cojones. Mi angustia duró solo una semana, pero me pareció toda una vida. Y aunque ganas no me faltaron de partirle el careto a aquel subnormal de bata blanca, otros de su gremio me recomendaron no hacerlo. Al fin y al cabo, había sido un error y yo estaba perfectamente. Decidí entonces olvidarlo, aunque creo que aun no lo he conseguido.

Por ello que entiendo a mi vieja amiga Janire. Aunque me alegra saber que a estas alturas todo está bien. Que lo ha superado. O en esas está. Y por ello desde aquí, os animo y qué cojones, os suplico que entréis en su blog. Que lo leáis. Que le prestéis atención. Que dejéis de cruzaros de brazos y de miraros solo el ombligo. Que os hagáis donantes. Donantes de órganos. Donantes de sangre. Donantes de médula. Donantes de vida.

Podría daros más datos, pero prefiero que entréis en su blog. Al fin y al cabo, ella y solo ella es la protagonista de esta entrada.


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El enlace para acceder al blog de Janire es: http://anemiaaplasica.blogspot.com/ También se puede acceder directamente desde este blog, buscando en la parte derecha "Otros blogs y alguna web que merecen la pena" y pinchando en "Viviendo con una enfermedad hematológica".
Para acceder a sus primeras entradas, en la parte inferior derecha de la página hay una opción llamada "entradas antiguas". Hay hasta cuatro páginas.

Dedicado, como no podía ser de otra manera, a Janire.

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Con fecha de 30 de Marzo, he de decir que me he enterado de que Janire ha sufrido una recaída en cuanto a su enfermedad, razón por la que ahora os pido con más ímpetu, si cabe, que entréis en su blog y que os informéis en lo posible sobre las donaciones de médula. En breve trataré de dedicarle una entrada en este blog a este asunto tan serio.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Otra historia diferente de Navidad



Supongamos por un instante que la historia se repitiese a día de hoy. O mejor aun, que nada hubiese pasado en su momento y sucediese todo ahora, en estos tiempos y por primera vez. Puede que fuese algo parecido a esto. O puede que no:

Erase una vez un buen tipo llamado Emilio y su bella mujer, Sara. Ambos residían desde hacía ya un tiempo en un piso de protección oficial de escasos 48 metros, sin trastero ni garaje y con una docena de defectos de construcción de los que constructores y promotores, miserables ellos a más no poder, se habían desentendido. Les tocó en un sorteo algo amañado, pero Emilio tenía un viejo conocido que militaba en Izquierda Unida y aquel día la suerte se puso de su parte. Vamos, la suerte y su amigo, que además de militar, era o había sido concejal de festejos y jolgorios y tenía contactos hasta en el infierno. Aunque este último detalle no le hacía demasiada gracia a Sara.

Sara no era virgen, o eso contaba su exnovio por los bares y tabernas, aunque mirándola a la cara, nadie sería capaz de creerse que una mujer tan guapa y especial fuese capaz de hacer depende qué cochinadas, razón por la que todos, incluido su esposo, pensaban y asumían que lo era. Claro, que su marido con más razón que el resto, pues sabía que con su mísero sueldo en la sección de carpintería del Leroy Merlín, ni condones, ni pastillas, ni díus, ni leches de soja o similar. Y además todavía no se había definido sobre si de verdad le gustaban los tronchos o las berzas y no estaba el hombre muy por la labor de consumar. Ajo y agua, vamos. O todo eso se rumoreaba al menos por el Radio Patio de su escalera. Por ello y solo por ello, el día que Sara le contó lo de su extraño embarazo, Emilio se mosqueó. Tampoco se creyó la historia aquella que le contaba Sarita sobre una paloma, más que nada porque desde hacía ya un par de años, no quedaban palomas en la ciudad. Un Decreto aprobado en pleno por el Ayuntamiento, las había eliminado a todas por razones sanitarias y de higiene. Aun así y por no hacer demasiado el primo, ambos acordaron contar esa versión como real. Aunque a última hora decidieron cambiar a la paloma por una gaviota. Por aquello de que ya no había palomas y a lo mejor alguien dudaba y como vivían cerca de la costa, sería algo más creíble el lío aquel. Aun así, casi nadie les creyó, aunque como buenos falsos que somos los humanos y sobre todo por no pararse a pensar, todos dieron por buena la explicación y atacaron verbalmente a aquellos que dudaron en público, llamándoles blasfemos y cosas del estilo. Dieron por buena la explicación, evidentemente, cuando había terceros delante. De lo contrario, eran el hazme reir del barrio, las cosas como son. -Una gaviota... Embarazada por una gaviota... Venga ya!- se escuchaba a menudo en los corrillos de confianza.

El embarazo no tuvo complicaciones, aunque también es cierto que al hacerse Sara la amniocentesis, una prueba relativamente importante que su sanidad pública no cubría y tuvo que pagarse de su pobre bolsillo, le detectaron algo raro. -El niño viene sano, pero hay algo que no entendemos y no sabemos lo que es. Este niño es especial. Está como iluminado-, les dijeron. Y para enredar las cosas un poco más, añadieron que el ecógrafo no detectaba con claridad el latido de su corazón, pero si se acercaban mucho, se escuchaba un susurro que decía algo así: -como me hagáis daño, os las vais a ver con mi padre, capullos-. En fin, que al final nadie le dio importancia a lo del susurro aquel y lo que sí que hicieron fue comprar un ecógrafo nuevo y aquel mandarlo a Cuba con una pegatina en el dorso que ponía "averiado pero sirve". El cuñado de uno de los asesores del consejero de Sanidad y militante de su mismo partido, que tenía una empresa que fabricaba mascarillas de la gripe A, medicamentos genéricos y ecógrafos, se puso muy contento y adelantándose al resto de ciudadanos, afirmó ser ya un fiel creyente de una religión que aun no existía, al tiempo que se frotaba las manos y le salían simbolitos del euro por las pupilas de sus ojos.

Llegó el día de dar a luz y la verdad es que todo fue un poco caos. Sara rompió aguas una tarde fría de invierno y se fue con Emilio en su Renault Megane a urgencias, pero como era Nochebuena, allí no había nadie, salvo el vigilante de seguridad, que encima se les puso borde. Un cartel en la puerta decía que estaban de huelga porque desde el Parlamento les habían obligado a trabajar aquella noche y esa jornada era para estar en familia comiendo langostinos a la plancha y turrón, aunque nadie sabía porqué. Sara y Emilio corrieron entonces a dar a luz al calor de su hogar. En aquel pisito de 48 metros de protección oficial que habían conseguido gracias a sus buenas amistades. Y el niño nació en casa gracias a la ayuda de sus vecinos, algunos ya borrachos como cubas y rebozados de espumillón, aunque tampoco sabían qué coño estaban celebrando, porque la Navidad en sí no existía todavía. Y gracias también a una matrona que contrataron "in extremis" por 800 euros, a la que llamaron por un papel que arrancaron del tablón de anuncios del hospital y a la que pagaron gracias a un telemaratón urgente organizado por Tele5 y presentado por Mercedes Milá, vestida de lechuga de oreja de burro y por Jordi González, con la condición de sacar el caso durante setenta semanas seguidas en Sálvame y en La Noria y resúmenes diarios después de las noticias de las 9. Todo salió bien en el parto y uno de sus vecinos les hizo poco después una foto como recuerdo con su Canon Eos Reflex Digital. La estampa era preciosa: Sara y Emilio rodeando la pequeña minicuna de imitación a pesebre de paja con insercciomnes en alumnio en la que descansaba el pequeño, al que en un principio iban a llamar Jesús, porque le gustaba a Ana, su abuela materna, y después Brian, debido a una película basada en hechos reales que hacía poco se había bajado Emilio del Emule, la cual le había hecho partirse de risa, aunque a Sara no le hacía ni puta gracia ni la peli, ni el nombre, por lo que al final y de mutuo acuerdo, le llamaron Borja Mari. En aquel precioso retrato que les sacó su vecino del sexto, el mismo que les había regalado el carrito Bugaboo, posaban también sus dos perritos coquer y un gato callejero que tenían en casa desde hace dos años, todos sentados junto a ellos y mirando a Borja Mari tiernamente. Años después, sería esta foto la que usarían para recordar a sus amistades el cumpleaños del pequeño. Algunos amigos, encantados con la idea, moldearon hasta figuritas de pvc con la estampa. Lo que nunca entendí, fué lo de la figurita del vecino del sexto cagando en el rellano.

Entre alegrías y alborotos, alguien debió gritar de repente algo acerca de los Reyes y Emilio muy contento preguntó -¿Que vienen los Reyes Magos a ver a mi hijo?-, -No, que empieza en La Primera el mensaje del Rey-, contestó el mismo que había hecho el comentario. Y todos se sentaron a ver la tele. Todos menos Borja Mari, que se quedó en su cuna jugando con la PSP. Puede costar creerse esto último, pero no conviene olvidar que estamos hablando de un niño que en realidad era más que un simple bebé. Podía jugar a la PSP incluso con la batería descargada.

Sara tampoco se sentó a ver la tele, pues era algo rebelde. Prefirió asomarse a la ventana para tomar un poco de aire, hasta que una luz llamó su atención. -¿Será una estrella que viene a ver a mi hijo?- Uno de aquellos vecinos, el que más listo se creía por aquello de que había estudiado en frente de un colégio de pago, corrió a corregirla y le aseguró que era Marte, por eso brillaba tanto. Y es que esto sucede siempre. Tú te sientas a ver las estrellas y siempre aparece el típico listo que te dice lo de Marte. Aunque otros te cuentan el mismo cuento, pero con Júpiter. En realidad, aquella luz que llamaba la atención de Sara, era la antena de los miserables de Vodafone que había en lo alto del edificio del BBVA, la cual habían decorado con luces gigantes que se movían. Pero dicen que la fe a veces mueve montañas y quien sabe. Es por ello que no entiendo que todavía a día de hoy se sigan cavando túneles para hacer carreteras, cuando lo más fácil sería sentarse y creer, creer mucho para que los montes se abran por sí solos. Mira que somos borregos.

Borja Mari fue creciendo hasta que un día empezó a ir al cole, donde sus compañeros, malvados niños donde los haya, le pusieron, vete a saber porqué razón, el mote de El Mesías. A Borja Mari no le gustaba mucho estudiar, aunque siempre sacaba buenas notas en todos los exámenes. Algunos decían que tenía un don divino incomprensible. Otros que era el preferido de la directora, única religiosa que quedaba ya en aquel colegio concertado de monjas, donde solo daban clase profesores eventuales, puesto que los que tenían su plaza fija en aquel centro, o estaban de baja o estaban liberados para poder acudir a clases de euskera. ¿O eran clases de arameo? En esta parte, la verdad, sí que me lio un poco, pero creo que carece de importancia.

Un día siendo aun adolescente, le dio a Borja Mari por dejarse de afeitar y por no cortarse el pelo, y aunque tuvo un par de llamadas a su Nokia 3G de un tipo que le dijo ser el mánager de Barón Rojo explicándole que necesitaban un batería para la próxima gira del grupo, él se empeñó en decir que no quería ir, que no sabía tocar la batería, que no era heavy y que a ese grupo no lo conocía y entonces agobiado de la peña se juntó con los colegas del tío aquel de lo de "-y el plus pal salón-". Y tras una docena de petas, empezó a decir que era el hijo del padre. O el hijo y el padre. O el hijo y el padre y la gaviota. Y no se qué de una tal Trinidad. O algo así, que yo aquí también me lié. Pero como era evidente, nadie le creyó. Ni siquiera Doña Angustias, la directora religiosa del colegio, que "angustiada" llamó una tarde a Emilio y a Sara y les dijo que su hijo debía ingresar en un psiquiátrico cuanto antes, ya que se creía un ser único y superior. Y le encerraron. Vaya que si le encerraron. Camisa de fuerza, ventanas con candados y demás.

Años después, le dieron por sanado. Una buena terapia y docenas de miles de pastillas le ayudaron hasta tal punto que le hicieron olvidar un mensaje que supuestamente tenía que darnos. Y volvió a su casa. Tras doce o trece millones de curriculums en los que mintió un poco e incluso llegó a poner que había acabado teología, encontró un trabajo de dependiente en el grupo Inditex. Y una tarde de huelga en el comercio, luchando por sus derechos y por mejorar la mierda de convenio que tenían, fue detenido por la policía por romper escaparates con una arqueta. Creo que era por Semana Santa o así. Su encargada de zona, al verle gritó: -que lo crucifiquen! que lo crucifiquen!- aunque como todo el mundo sabía lo hija de puta que era aquella tía, nadie la hizo caso y solo se comió un montón de horas de calabozo. Le soltaron al tercer día, sin ni siquiera tener que declarar ante un juez. Eso sí, aquella primera noche, a Borja Mari le permitieron hacer una llamada, por lo que llamó a Emilio, su padre, quien era sindicalista, de Comisiones Obreras creo y estaba liberado y mirando al techo le dijo muy serio: -padre, ¿porqué me has abandonado?-

Del resto poco puedo decirles, pues no se más. Algunos hablan de apropiación indebida de derechos de imagen de Borja Mari por parte de señores con sotanas que huelen a muerto, otros de inquisiciones disfrazadas de santas, dictaduras, abusos de menores, creación de un extraño y pequeño estado dentro de otro estado y con más poder que todo el resto de estados juntos, dinero negro y demás, pero como de eso no hay nada demostrado, no nos lo podemos creer. Eso sí, todo lo demás, aunque tampoco se pueda demostrar, hay que tener fe ciega en ello.

Hoy Borja Mari celebra su cumpleaños y está de baja por depresión. Ya es Navidad.

martes, 21 de diciembre de 2010

Una de ascensores



Un cartel en los accesos de cada planta recuerda las prioridades. Ancianos o personas con limitaciones, sillas de ruedas y carritos de bebé. Tonto el que no lo entienda, vamos. Un servidor, acompañado de uno de estos carritos de bebé en el que descansa mi pequeño tesoro con forma de niño, aprieta el botón de bajada y espera al ascensor. Hablemos de cualquier centro comercial de esos donde uno acude en masa a dejarse los cuartos por culpa del sistema y de la puta comodidad, para que cuatro mierdas con más talegos que todos sus potenciales clientes sigan haciendo caja a destajo a la vez que lloran por culpa de una crisis inventada que en realidd no va con ellos. Aunque también podría aplicarse al ascensor aquel que me lleva a las profundas entrañas del metro de mi ciudad. Única forma de acceder muchas veces cuando uno acude con semejantes artilugios o limitaciones a uno de estos lugares.

Junto al mismo que ahora escribe, cuatro adolescentes con cara de pajilleros y tres fulanas de mediana edad emperifolladas hasta la médula, cargando con una decena de bolsas llenas de trapos o lo que sea, hacen lo propio. Esperar al ascensor. Mientras, tampoco está de más decirlo, las fulanas ponen a caer de un guindo a una cuarta que no está. Típico entre mujeres. Pero no me llamen machista, que no lo soy. Si acaso un tanto realista. Y llega el ascensor. Se abren las puertas y a pesar de que se apea una pareja aparentemente sana y con buena pinta, el trasto va hasta las patas, por lo que ni los pajilleros, ni las fulanas, ni mucho menos el menda con su carrito, hacemos el mínimo esfuerzo por entrar. Aunque antes de cerrarse las puertas para seguir su breve viaje entre plantas, tengo tiempo para observar que aparte de otro carrito de bebé, el aparato va ocupado por gente de lo más normal. De la que podría subir y bajar por las escaleras sin aprieto alguno. Que encima las de ese centro comercial son mecánicas y el esfuerzo sería mínimo, excepto para salvar el medio metro que uno ha de caminar entre plantas para hacer la tan dura tarea del transbordo entre escalera y escalera. Pobres...

Vuelvo a apretar el botón de bajada. El de la flechita hacia abajo. Porque estas máquinas tienen memoria, son inteligentes y todo lo que nos vendan, pero no son tan listas como para saber que todos, pajilleros, divinas de la muerte y el que narra, nos hemos quedado con las ganas de subir al ascensor en aquel rellano. Junto a los baños de la cuarta planta del centro comercial. Con el inconveniente de que a cada rato, va llegando gente y más gente. Y como siempre, sucede que hay alguno más tonto que otro, porque al final aparece aquel tonto a las tres que aprieta botones a destajo. El de subir y el de bajar. Y porque no hay más. En realidad el membrillo lo que quiere es bajar, pero no se qué cojones tendrán esos botones, que siempre hay alguien que tiene que meter el dedo e iluminarlo todo. Total, que al momento abre sus puertas otro ascensor, pero no baja. Sube. Y encima, aunque poco nos importa esta vez, va lleno también. Eso sí, ni una silla.

Sigue acumulándose gente y a uno se le infla la vena y le entran ganas de meter fuego a la mierda de centro comercial con todos sus accionistas dentro, pero con la silla de mi niño a cuestas me iba a resultar complicado escapar de allí, por lo que desisto y mi mente vuelve a la realidad. Y además, qué coño, que ladro mucho, pero tampoco soy tan malo. Y ahí que llega por fin otro ascensor. Esta vez baja, pero de nuevo hasta las cartolas de gente. Más pajilleros. Niñas de las que seguro gritan y lloran con Justin Bieber o con Take That. Un par de señoras con su abrigo en la mano y un señor de traje, que no sé porqué, me da que trabaja allí, pues huele a vendedor brasas a comisión que jode. Pero queda hueco. Poco, pero algo queda. Los cuatro adolescentes no hacen ni el amago, pero las tres payasas que no han dejado de criticar a la Josefa -ya la han nombrado siete u ocho veces-, corren para entrar. -Me cago en los rizos de David Bisbal! Ostias, que yo he llegado primero- suelto de mala ostia, pero las muy perras ni se inmutan. Se acomodan dentro y siguen a lo suyo. Bla, bla, bla y tal y tal. En estas cojo yo con el carrito de mi nene y sin pensármelo ni un segundo, arranco picando rueda y casi de trompo me meto dentro. Aplasto bolsas y barrigas, golpeo espinillas con la silla, blasfemo en ruso y en arameo y tenemos la fiesta en paz porque nadie dice nada. Mi cara de perro mal domado ya lo dice todo. Las gilipollas de las bolsas dejan de hablar de Josefa, la cuarta que no está y de repente me miran y parecen regresar a la realidad, aunque seguro que las muy hijas de puta encima se piensan que yo soy un sinvergüenza. Y solo una de aquellas señoras que ya venía en el ascensor abrigo en mano, se aprieta un poco y se atreve a decir lo que yo ya he dicho antes: -la verdad es que somos la leche, porque nosotros tenemos las escaleras, que encima son mecánicas-. Yo sonrío y le añado: -el pan nuestro de cada día, señora. El pan nuestro de cada día-.

La guinda del pastel la ponen otros al llegar a la planta baja. Otros dos carritos con niños esperan para subir. No había acabado yo de sacar mi silla, cuando el ascensor ya estaba lleno de gente otra vez. Y la historia va y se repite, pero con otros protagonistas. Aquellos de las sillas se encabronan y vuelta a empezar. Me dieron ganas de meter baza, pero iba demasiado quemado y aquella en realidad no era ya mi guerra, así decidí seguir mi camino balbuceando de nuevo, eso sí: -el pan nuestro de cada día-. Y es que además de vagos, sinvergüenzas.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Famosillos, alcahuetas y otros derechos laborales



Que sea yo un defensor de los derechos laborales de la clase trabajadora, no es ningún secreto para nadie que me conozca al menos un poquito. Soy consciente además de que para tener muchas de las cosas que hoy tenemos a nivel laboral, otras generaciones lucharon lo suyo, a base de huelgas, encierros, pataletas, protestas varias y demás. Y aunque algún cantamañanas inorpotuno critique a menudo el trabajo sindical, gracias a ellos, nuestros derechos son algo más numerosos que hace quince, veinte o treinta años. Y el que lo dude, lo siento por su completa ignorancia. Aunque, y como en todo, no pongo en duda que hasta en los sindicatos más serios y peleones haya, no uno, si no mil garbanzos negros. Osea, completos miserables de mierda.

Por ello y por ser ejemplo a diario de nuestra televisiva sociedad, me molestan, y qué coño, me tocan ampliamente las pelotas, detalles puntuales de famosos o famosillos, alcahuetes o alcahuetillos, como el presentador de ese absurdo y patético programa bautizado como "Sálvame", el cual tras un accidente, aparece al día siguiente trabajando, o mejor dicho, dando la brasa y presentando su programa con un brazo escayolado a la birulé. Unos días más tarde, el mismo presentador aparece en su estúpido programa luciendo un aparatoso armatroste metálico del que salían media docena de varillas desde las mismísimas entrañas de las carnes de su brazo, cuando donde tenía que estar el susodicho, era descansando es su puta casa y con una baja médica laboral por su estado. Como hubiese hecho cualquier trabajador.

También me sacan de quicio aquellas mari marujonas, parásitos de la cutrevisión más hortera de todos los tiempos, tipo Carmen Alcaide o Marta López (ex Gran Hermano), las cuales lucieron embarazo colaborando o presentando abobinables programas hasta casi dar a luz. Que algún día acabaremos viendo a alguna gilipollas de estas pariendo sobre su mesa de charla-coloquio barato o bailando como las sin sentido esas del "vuélveme loca". Que me quedé de piedra encima cuando el otro día me enteré de que lo dirige una gachí que conozco personalmente, aunque de eso van ya muchos años y ni ganas de presumir de hazaña. No por ella, que parecía buena gente, sino por el programa. Y después, no contentas solo con casi parir en directo mientras nos nos torturan con títeres y abogados prófugos de una dudosa justicia, las sinvergüenzas estas vuelven a su puesto de trabajo a los pocos días de haber dado a luz, cuando donde deberían estar es compartiendo esos primeros ratos con sus retoños. Como cualquier madre a la que flaco favor hacen, por cierto, con dicha actitud.

Mención aparte tienen todos aquellos amagos de fósiles, sirva como ejemplo una tal Carmen Sevilla, la cual debe de rozar ya el siglo y pico de vida, que deberían de estar jubilados hace años, torrándose al sol de Benidorm, Ibiza o Salou, disfrutando del calor de sus nietos o paseando su garbo desgarbado allá por donde les plazca, pero dejando sobre todo, y esto es lo más importante, esos puestos de trabajo para gente más joven y capacitada.

Total, que tantos años de lucha sindical y tanta maraña, para que vengan toda esta recua de famosos y famosillos y se salten los derechos de los hombres y mujeres por el forro de las pelotas.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El curioso caso de Ibai



Ibai. Cuatro añitos. Demasiado joven para entender esto de la vida. Y demasiado pronto, como no, para saber de errores médicos y humanos.

Ibai. Cuatro añitos. Una revisión cotidiana con su pediatra. Un bulto en un costado. Una primera valoración por especialistas. Una delicada decisión. Un quirófano. Una intervención. Misión sencilla para quien vive de abrir y cerrar a humanos. Extirpamiento de un cuerpo extraño. Cuerpo consistente en un feto. Un nonato. Su hermanito no nacido. Desde hace cuatro años, sin saberlo ni él ni nadie, le acompaña y va creciendo. Extraño, pero real. Como la vida misma.

Ibai. Un niño. Feliz como tantos. Ya va al cole. Y canta. Rie. Grita. Llora. Juega. Y adora los columpios. O eso me imagino yo. Tras ser operado, surgen las inesperadas complicaciones. Un error. Un accidente quirúrjico. Un despiste. Una negligencia... Una putada. Que más da como se le llame cuando el daño ya está hecho.

Ibai. Cuatro añitos. Urge su traslado a otro centro de Madrid. Una ambulancia medicalizada se ocupa de ello. Toda mi vida escuchando a los que nunca voto que aquí tenemos la mejor sanidad del mundo y cuando vienen mal dadas, quien no acaba en Boston, acaba en Madrid. Otros con menos suerte, en sitios peores aun más fríos.

Ibai. Tan pequeño, que aun no sabe qué son los impuestos. Ni el trabajo. Ni el dinero. Ni un amigo de los de verdad. Tampoco sabe apenas nada de los palos de la vida. Ni conoce el amor, salvo aquel que a diario le profesan sus aitas y sus aitites. Desconoce que algún día puede que también él tenga hijos. Y los querrá con locura. Como ahora le quieren a él. Tan pequeño y poca cosa para todo y sin embargo está a la espera de un trasplante multiorgánico. Hígado. Páncreas. Intestino. Bazo... Un descuido al no unirle una arteria en la intervención, hizo que no le llegase oxígeno a sus órganos.

Ibai. Cuatro años. Un milagro hace que de la noche a la mañana, sus pequeños órganos comiencen a funcionar. Nadie se lo explica. Los médicos, dice la prensa, tampoco. Porque yo todo lo que cuento, lo saco de la prensa. Ni si quiera le conozco, pero eso poco importa. Sale del "nivel 0" de la lista de espera. El nivel más alto. Máxima prioridad. Solo es un niño. Y para ser trasplantado, otro niño ha de... (...)

Ibai. De Zaratamo. Cuatro años. Cuatro añitos. Hoy he leido que sus órganos han comenzado a funcionar. La misma arteria que mantuvo durante estos años a su hermanito en forma de feto en su costado, ha sido la que le ha hecho llegar el oxígeno que le faltaba a sus propios órganos.

Ibai. Cuatro añitos. No estaba solo. Tenía un hermanito que en el peor momento, quiso ayudarle. Aun no sabe nada de la vida y ya ha conseguido darnos a todos una lección de supervivencia. De lucha. Y de que los milagros existen. A veces la naturaleza demuestra más bondades que nosotros, los de carne y hueso. Los que nos creemos invencibles.

Ibai. Aun es pronto para alegrías, pero seguro que todo sale bien. Te lo mereces. Y tú puedes con todo. Nadie lo pone en duda. Estaremos pendientes.
 
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Esta entrada tiene solo la misión de informar y de dar a conocer el caso de Ibai Uriarte. La fotografía del niño que aparece en esta entrada ha sido sacada de la prensa digital(El Correo, Deia, Eitb) así como parte de la información. Gracias también a Ana (Sorgi Beltza) por tenerme informado.


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Un día después de hacer pública esta entrada, las noticias no se antojaron alegres. Tras una intervención a Ibai en el hospital de La Paz de Madrid para comprobar el alcance de las lesiones, confirmaron que había que trasplantarle al menos cuatro órganos, por lo que de nuevo entró en lista de espera dentro del Nivel 0. El de Máxima Prioridad Nacional.

El día 29 de diciembre de 2010, Ibai fue trasplantado de los cinco órganos que finalmente necesitaba.

El día 15 de Abril de 2011, Ibai abandonaba el hospital de La Paz y regresaba a su casa de Zarátamo, en Bizkaia. Todo ha salido bien. No obstante, los trasplantes de órganos son un tratamiento, no una cura definitiva. Ahora deberá medicarse día tras día.

El 24 de Julio, cosas del azar, me encontré en un centro comercial con Ibai, con su hermano y con sus aitas, con los que tuve el gusto de charlar unos minutos y los que me hicieron saber que todo iba muy bien. A mediados de agosto volverían a Madrid para realizar una revisión, pero el estado anímico en general parecía bueno. Y pude ver a Ibai corriendo, jugando, riendo y escapando de su madre, la cual le preseguía con la merienda por el centro comercial. Como todos los niños. Y aunque esta era la primera vez en mi vida que yo veía a Ibai personalmente, sentí una emoción imposible de explicar.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Cuando seas padre, comerás huevos



Tuve la suerte de no tener que escuchar esta frase en mi casa jamás. O al menos nunca en serio. Quizás en alguna aislada ocasión y siempre entre risas y ratos poco serios. Y lo agradezco. Nunca tuve queja alguna de mis padres. Y me consta que ellos tampoco de mí, salvo en que en lo referente a los estudios, siempre fui algo patán. O te gusta o no te gusta. Y a mí no me gustó demasiado. Ahora ocupo el rol de padre y espero no utilizar tampoco esa frase jamás. Y es que como viene a decir Khalil Gibran en El Profeta (libro del que ya hablé en otra ocasión -gracias doblemente, Xaho-), nuestros hijos no son nuestros. Son los hijos de la vida. Vienen a través nuestro, pero no vienen de nosotros. Y aunque están con nosotros, no nos pertenecen. Podemos darles nuestro amor, pero no nuestros pensamientos. Podemos albergar sus cuerpos, pero no sus almas. Podemos esforzarnos por ser como ellos, pero no busquemos el hacerlos como nosotros. Nosotros somos el arco desde el que nuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.

Algún día abandonarán nuestra casa, que hasta entonces habrá sido también la suya,. Sin condiciones. Sin bravuconadas. Sin caudilladas tipo “esta es mi casa“. Sin la prepotencia paternal del “cuando seas padre, comerás huevos”. Como si ser padre le diera a uno derecho a gobernar de por vida la vida de otro. De tú a tú. De padre o madre a hijo. Con respeto. Pero respeto mutuo. No el de la fuerza. No el del miedo. Ni el de yo me como los huevos y te jodes que tú no. Abandonarán nuestra casa y entonces empezarán una vida sin nosotros. Formando una nueva familia. O lo que ellos quieran. Ley de vida. Puta vida. Para bien o para mal. Que está de sobra que a estas alturas venga yo con esto. Pero algunos ni aún así.

Alguno pensará que vaya progenitor de las pelotas. Que si la disciplina y tal. Educación y más educación. Respeto, misa del domingo, -buenos días, Padre Ernesto-, buena cara a los ancianos, camisa abrochada hasta el final y zapatos de charol. Como si el “ordeno y mando” fuese educación. Yo eso prefiero dejarlo para el ejército. Allá se apañen, que ahora van voluntarios y a mí ni me va, ni me viene. Pasé en su día el servicio militar rodeado de auténticos miserables que se creyeron mierda sin llegar a pedo y si de algo me alegro por mi hijo al respecto, es que jamás pasará por ello. O eso espero. Porque con los catetos y catetas que nos gobiernan, cualquier día nos lo instauran otra vez hasta sin ellos mismos darse cuenta. Pero este no es el tema, coño. Me pasa a menudo, que me lío, me caliento y se me escapa el tiro por la culata. Y al final acabo hablando de las calabazas que cultiva Goyo en la huerta de La Siebe. Qué barbaridad de calabazas, por cierto.

A lo que iba. Que no hablo aquí de permitirle a un hijo todo lo que quiera. Ni mucho menos. Que tiene que entender que las cosas no vienen del cielo. Que siempre hay que aceptar unas reglas de convivencia. Que nadie regala nada. Ni siquiera los sinvergüenzas de Vodafone, por mucha mierda que nos vendan por la tele (mira que les tengo asco…). Que ganar dinero cuesta mucho. A unos más que a otros. Que la vida no es un juego, aunque a veces sea importante saber jugar. Porque, y lo digo muy en serio, conozco niños, hoy mayores, a los que nunca les dejaron ni jugar. Que lo más importante es ser buena persona. Por encima de cualquier cosa. Por encima incluso del dinero. De la clase que uno tenga. Por encima de los estudios o la profesión. Que las etiquetas que se inventa otro me las paso yo por las pelotas. Y sobre todo, que sea siempre él. Que ningún mangurrino le diga como tiene que pensar. Y que mandar a la mierda de vez en cuando al que lo merece, no es faltar el respeto, ni mucho menos.

Siempre tuve la suerte de no escuchar jamás en mi casa aquello de que “cuando seas padre, comerás huevos”. También tuve la suerte de que nunca me faltó de nada. Quizás sea cierto que nunca me compraron el camión de juguete Pegaso de Rico, ni el tren eléctrico. Tampoco el Cinexín. Pero el mejor filete que fue a parar a la nevera, siempre fue para mí. Mi padre siempre lo reservaba. Incluso cuando ya no vivía bajo su techo.

Y tarde o temprano, mi hijo llegará una noche a casa con exceso de copas. Y yo le diré que eso no está bien. Poco más. Yo también lo hice. Y tú, así que no me vengas ahora con tu puta hipocresía. Le hablaré de las consecuencias del abuso. De que las drogas son una mierda y solo benefician al que las vende y al que las prohíbe. Y me gustará que estudie, lo que no hizo el payaso de su viejo. Y tendrá una edad en la que querrá marcharse de fin de semana. Con sus amigos. Con su chica. Con su rollito pasajero. Con la cartera llena de condones y la mochila de botellas. ¿Y qué le voy a decir? ¿Qué cuando se padre comerá huevos? Llevo un par de años siendo padre y toda una vida comiendo huevos. Así que guárdate tus consejos para tus hijos. No soy yo quien para decirte como educarlos. Pero apúntate esta y recuerda; tú tampoco eres nadie para decirme a mí como hacerlo con los míos. Mi hijo solo tiene dos años y lleva año y medio comiendo huevos. El tuyo los comerá y tú serás tan tonto que ni siquiera te enterarás.

viernes, 19 de noviembre de 2010



Que sí, que me lo dicen tantas veces, que al final me lo voy a acabar creyendo. Que soy raro. Pero no un raro cualquiera, sino un raro de verdad. Raro porque no me gusta el fútbol. Raro porque me aburre ver carreras, ya sean de coches o de motos, de bicicletas o de sacos. Raro porque no me siento identificado por ningún escudo ni camiseta, sea esta del equipo de mi pueblo o del equipo del pueblo de ahí al lao. Raro porque no sé jugar ni al tute, ni al mus y tampoco tengo ganas de aprender. Que sí, que vale, que soy muy raro. Raro porque el baloncesto me parece un coñazo y el tenis aun mucho más. Porque no me gustan los 40 Principales ni Cadena Dial. Porque odio Tele5 y no soporto los ladridos ni de Lady Gaga ni de David Bisbal. Raro de cojones porque no entiendo la competición. Porque abogo por la igualdad y en lo que yo entiendo por igual, nadie es mejor que nadie si la suerte no está de su favor. Raro porque me cabrea que todo dios sepa quien es Belén Esteban y solo unos pocos conozcan el trabajo de un tal Pedro Cabanas. Raro porque si me preguntan por Pedrosa, digo que es un pueblo de Burgos y si lo hacen por Hiniesta, contesto que de Zamora. Si, lo se, soy un tipo raro porque no me gustan las banderas, sean rojas, verdes o amarillas. Raro porque odio ver la tele y a veces me gusta pasear en soledad observando cosas que ya las tengo vistas. Raro porque critico lo que no me gusta y protesto ante lo que considero injusto, en lugar de cerrar el pico y tragar mierda como hacen los borregos y alguno más que yo me sé. Raro porque aunque mi pasión sea la música, me revientan los productos creados bajo la tutela de un soplapollas experto en hacer dinero que se empeña en hacerme creer que esa mierda que suena por la radio previo pago es una canción. Raro porque aunque me siento estafado por los intocables de la SGAE, me sigo comprando aquellos discos que de verdad merecen ser comprados y no bajados de la red. Raro porque no entiendo que haya una iglesia en cada pueblo y solo una ambulancia y un parque de bomberos por cada cincuenta pueblos o a veces cien.

Soy raro porque no me gusta la caza ni tampoco me hace gracia el cazador. Porque procuro no matar ni a las hormigas y porque no considero fiesta nacional el ver sufrir a un animal. Raro porque una vez visité el Guggenheim, salí de allí diciendo -vaya mierda- y me prometí no volverlo a visitar, salvo un compromiso fuerte como el que me llevó a hacerlo aquella primera vez. Raro porque me gusta el vino, pero me repatea toda la tontería que hay alrededor de él.

Lo reconozco. No me queda otra. Soy raro. Raro de cojones. Raro por creer que quien hoy es idiota, mañana puede ser un gran tipo. Al fin y al cabo, el tiempo y solo el tiempo es quien cura el mejor jamón y convierte en un buen vino a un simple mosto fermentado. Soy raro por desconfiar de los hombres que dicen hablarme en nombre de Dios, cuando Dios jamás les ha pedido que hagan eso por él. Por pensar que a mi gobierno se la suda mi salud y solo busca su cartera llena de billetes. Raro porque estoy cansado de lo políticamente correcto y aunque me llames gocho una y otra vez, prefiero tirarme un pedo y sonreír de placer a sufrir un dolor de tripas del que me tenga que retorcer. Soy raro, claro que soy raro, porque escribo tonterías como esta en este blog, y aunque luego me digas que te gustan y que escriba pronto otra vez, en el fondo sé que ahora mismo estás pensando lo que yo: -pero que raro es este tío-

lunes, 15 de noviembre de 2010

Gracias por llamar.



Un cortado y un Nestea sobre la barra aun sin empezar, dejaban constancia de que acabábamos de entrar hacía nada en aquel bar junto a las urgencias del hospital. Entre la gente, apareció una señora de avanzada edad, la cual le sugirió al camarero la posibilidad de hacer una llamada de teléfono, aunque el empleado le hizo saber que la única cabina que colgaba de un rincón de la pared se encontraba averiada. Y siguió atendiendo al personal, entre otras cosas porque el local estaba lleno y a nadie le importan los problemas de los demás. Un con leche. Un crianza, tres cortados y un croissant.

Ante la cara de preocupación de aquella desconocida mujer, no pudimos evitar abordarla y sugerirla que dentro de las urgencias encontraría otra cabina, aunque nos afirmó que ya había buscado y que tras la reciente remodelación del centro hospitalario, le habían asegurado que no existía ninguna. Y que la urgía llamar. Acompañaba a un enfermo y ella sola no se valía para estar con él. Le echó cara al asunto y nos pidió que si alguno disponíamos de teléfono móvil, la permitiésemos llamar, no sin antes ofrecerse a pagar lo que considerásemos por el favor.

Con la que cae, reconozco que uno ya no se fía una mierda ni de los octogenarios con muletas, pero algo me llevó a sacar mi móvil del bolsillo, puede que hasta un tanto resignado y dejarla llamar. No tardamos en darnos cuenta de que posiblemente aquel fuese el primer teléfono móvil que la mujer tenía entre sus manos, por lo que la pedí el número con el que quería contactar y yo mismo le marqué. Nerviosa, empezó a hablar y a decir que fuesen al hospital, que le dejaban ingresado, sin saber nosotros en ningún momento a quien se refería ni con quien hablaba. Tampoco nos tenía porqué importar. Al fin y al cabo cada uno va a lo suyo. Pero la inexperiencia de la mujer en esto de la tecnología quedaba patente y al final opté por volver a llamar yo mismo y explicarle su problema al interlocutor, que muy amable me comunicó que por favor le dijese a la señora que no se preocupase y que ellos iban enseguida. La mujer, agradecida, echó mano a su cartera, a la vez que preguntaba cuanto me debía por las llamadas. Yo la dije que nada, que marchase tranquila. Ella insistió, pero yo insistí aun más. Y se marchó. Dio varias veces las gracias y se marchó. Aunque nos dio tiempo a ver que lo hacía entre lágrimas. Solo entonces pensé en lo grande que puede ser una pequeña gran acción. Y en lo gilipollas que pude haber sido si cuando nos pidió el teléfono, le llego a decir que no.

Todo ello no duró más de un par de minutos. Mucho menos de lo que he tardado ahora en contarlo yo. Pero no sé porqué coño, aun no he conseguido quitármelo de la cabeza. No acerté a decirle nada más, pero ojala que todo vaya bien.

lunes, 8 de noviembre de 2010

39 añitos...



Que sea precisamente hoy el día que me decido a romper mi silencio tras más de cuatro largos meses sin escribir ni una sola palabra en mis Mundos Azules, puede que no sea una simple casualidad. Que sea hoy precisamente, el mismo día que se cumple el aniversario en que mis padres me vieron y ayudaron a nacer, puede que no haya sido un simple hecho al azar y que hasta forme parte de mi propio y personal regalo por tal efeméride. Y es que hoy cumplo años. Puede que muchos. Tal vez demasiados. Y de repente, rozando, aunque aun sin llegar a la cifra crucial que empieza por cuatro, uno se da cuenta de que la cosa va en serio. Que la vida no se detiene ante nada y por nadie. Que ayer yo era lo más parecido a un niño y mañana, y siempre con algo de suerte, seré ya un tanto viejo. Que ya no subo la cuesta. La llevo tiempo bajando tras, me imagino, haber hecho cima y esta montaña se sube y se baja una sola vez en la vida. Que noto mi cambio. Que ya no soy el de antes. Que me canso enseguida y me tuesta una mísera copa o una triste cerveza. Que me encabrono más pronto y que suelto más tacos con menos motivos. Que a veces creo en dios y otras siento que ya no sea nadie si no me cago en él antes. Y no es que me guste, pero ni es culpa suya ni es culpa mía, sino de aquel miserable que me engaña y vacila, o al menos lo intenta, en su nombre y hace que pierda mi fe. Que el monigote de rojo de mi hombro izquierdo expulsó casi a tortazos al pobre angelito bueno de blanco que revoloteaba a mi lado tocándome el arpa. Que me tiembla el pulso al pensar ciertas cosas que antes jamás me asustaban y me cuesta lanzarme a la piscina sin pensar antes cientos de veces en sus consecuencias. Que ya no creo en siglas políticas, solo en algunas pocas personas decentes que no se corrompen. Que ya no corro con el coche y me revienta el que conduce borracho o drogado sin importarle una mierda ya no su vida, sino la tuya y la mía. Que los tontos cada vez me dan más grima y más asco y tardo algo menos en detectarles y enviarles por el atajo más corto a la mierda. Y que mis cosas ya no me importan lo mismo. Que prefiero dedicarle ese tiempo a mi hijo. Y a aquello bonito que venga. Disfrutar de la vida junto a mi esposa, aunque sea esta una palabra que suene a “vaya faena” y la asocie a la iglesia y a sus normas absurdas. Y también compartir mis risas y penas junto a esos cuatro o cinco amigos que aun creen en mí y yo más en ellos. Que a veces doy quiebra y otras me siento un figura. Que no me gusta cumplir años y lo que para algunos es guapo, emocionante y la caña, para es una mierda, me acojona y me convierte en un protestón y en un antitodo. Que discuto por todo, aunque puede que esto más que por viejo, sea porque me gusta. Que miro a los niños y quiero volver a ser uno de ellos. Inocencia ante todo y maldades las justas. Que de malos está ya el mundo lleno.

Que sea precisamente hoy cuando por fin escribo algo en mi blog, es algo que tenía ya en mente desde hace algún tiempo. Incluso desde antes de aquel día de boda en que Ane, la prima que me prestó mi mujer, me recordase que llevaba tiempo sin contar nada de nada. Como si de repente hubiese abandonado mis Mundos Azules. Y prometí entonces hablar de ella, aunque fuese solo un poquito. Y de ella he hablado. Legal ante todo. Por mí y por ella.

Que no es que hoy sea un día especial. Más bien un día cualquiera. Triste gris y lluvioso. Nunca me gustó cumplir años y no se porqué, ya que siempre será peor no cumplirlos. Pero hoy me regalé esta entrada, porque es mi cumpleaños y no es que cumplir años me haga del todo feliz, pero creo que me consuela pensar que mañana por fin, será ya otro día. Y que por fin hoy, rompí este largo silencio.

sábado, 26 de junio de 2010

La nueva estrella



Pudo haber sido María, Rebeca o Izaro. Quien sabe si Xabier, Rubén o Arkaitz. Puede que Naroa, Lucía o Ainhoa. Erlantz, Mikel o Unai. Pudo haberse llamado de mil bonitas maneras distintas, pero tener solo un par de apellidos. Los de aquellos que eligieran su nombre y quienes decidieran regalarle la vida. Pudo haber sido rubia o moreno. De ojos verdes o marrones. Guapa, delgada o travieso. Alto, risueño o llorona. Pudo ser de cien mil formas distintas y no quiso ser de ninguna de entre todas ellas. Pudo asomarse a la vida y opinar, sin embargo decidió esconderse para siempre y guardar silencio. Quizás tan solo por no molestar. Dijo adiós sin llegar a saludar y de un portazo se marchó, dejando más preguntas que respuestas a su alrededor. Pudo ser niño y prefirió ser estrella. Pudo ser niña y decidió ser eterna, sin perder mucho de su tiempo aquí en la tierra.

Y un servidor no pudo evitar recordar entonces la letra de aquella bonita canción que terminaba así: "queridos padres, le pusisteis tanto amor, que fui directo al cielo".


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A mi amiga Rebeca y a su marido, por el mal trago. Aunque en breve nos veremos en los columpios.

domingo, 6 de junio de 2010

Por tí... o por todos...



Soñé que aún estaba despierto y me dejaban pedirle a un genio un deseo. Pedí tener suerte y encontrarte en otra vida más decente sin las prisas ni los agobios que me presta mi ciudad. Otra vida de regalo en la que no existiesen las despedidas para siempre ni el miedo a perderte de nuevo, aun sabiendo que camino lejos de la realidad.

Soñé que tuve suerte y gracias a aquel genio te encontré encantado de encontrarme y tras un efusivo abrazo y cuatro risas nos marchamos a comer. Y comiendo recordamos aventuras del pasado que olvidamos olvidar. Y descubrimos que en el fondo y pese a todo, nada había cambiado y que éramos de carne, piel y hueso y de verdad.

Soñé lo que nunca había soñado. Que la magia era el mundo en sí y en el mundo por arte de magia estábamos todos otra vez. No solo tú. También todos ellos. Y compartimos risas a la vez que prometimos respetarnos para siempre con el fiel compromiso de que nadie, ni uno solo de nosotros, nos volviese a abandonar.

Soñé que ya nunca nos echamos más de menos porque nunca faltamos ya a la cita y no tuvimos necesidad.

Al despertar y volver a la vida más real, comprendí sobre todo tres lecciones: que una persona no es más grande por el hueco que llena cuando está, si no por el vacío que nos deja al marchar. Que no se echa de menos a quien tienes, sino a quien ya nunca más verás. Y que el hombre, por exigencias del guión de la vida, muere, pero el amor que le rodea es eterno. Y suspiré porque el genio de mis sueños fuese bueno y lo soñado, quien sabe, fuese un día realidad.

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Texto inspirado en cientos de canciones que uno no se cansa de escuchar.

viernes, 4 de junio de 2010

Verónica



Durante los días de verano y más concretamente aquellos del mes de Agosto, la explanada de hierba cercana a nuestra casa de veraneo y al hogar de mis abuelos, era el lugar donde las gentes del pueblo trillaban sus cosechas. Al caer la tarde, la era se convertía en zona de encuentro de los rapaces del pueblo. Algunos vivían allí de forma permanente. Otros, los más, tan solo se dejaban caer cuando sus padres, nacidos generalmente en el lugar, disfrutaban de sus merecidas vacaciones junto a los suyos. Unos y otros nos reuníamos en aquel mágico lugar que aunque aun hoy existe, la magia ya no es tanta.

Un verano de aquellos, posiblemente sin haber llegado aun al ecuador de la década de los ochenta, los juegos habituales se transformaron en un tanto macabros y cambiamos el escondite, las bicicletas, el balón y las porterías a base de piedras y camisetas, por las cosas ocultas y el más allá. Creo que una de las niñas que vivía en Vitoria fue quien importó la idea, que no tardó en causar furor ante el resto de chavalería. El juego era sencillo. Un libro cualquiera y unas tijeras atadas con hilo a sus páginas centrales. El filo siempre hacia dentro y los ojales en la parte exterior para poder sujetar el invento. Dos dedos lo hacían posible. Un dedo de cada niño. A veces elegidos al azar. Otras se seleccionaba por mayoría al más pardillo del momento. Incluso algún valiente se prestaba en ocasiones voluntario a la faena. Y listos para invocar. Y entonces todos, niños y niñas, en círculo, con el libro cogido entre aquellos dos elegidos, hacíamos preguntas que Verónica no dudaría en contestar. Y cuidadito. Mucho cuidadito con meter los dedos en el interior de los ojales. Aquello era aun mucho más grave que mofarse de ella, algo que por precaución, ni se nos ocurría hacer.

Verónica, la invocada, era una mujer asesinada a manos de su marido, quien para acabar con su vida, se sirvió de unas tijeras que luego guardó en el interior de un libro. O al menos así nos lo hizo saber nuestra amiga de Vitoria. La misma que si algún desalmado osaba reírse del juego, afirmaba poder enviarle por la gracia divina de vete tú a saber quien, una sombra negra y maléfica que le seguiría de forma constante y le amargaría las vacaciones. Un par de caídas en bici y una patada de yegua a uno de los niños más pequeños del pueblo, harían crecer el temor entre el resto.

¿De mayor seré futbolista? ¿Me casaré con Virginia? ¿Aprobaré en septiembre las siete que me quedaron? ¿Me comprarán mis padres a la vuelta de las vacaciones la BH California? ¿Y el camión Pegaso de Rico? ¿Me tocará la lotería para poder estar viajando todo el día y poder llevarme a mis amigos en mi super mega furgoneta soñada? Si aquello giraba hacia la derecha, la respuesta era afirmativa. En cambio si giraba hacia la izquierda, sería negativa. Y siempre giraba. Hacia un lado o hacia el otro, pero el libro aquel siempre giraba. No se si por el viento, porque alguien motivaba el giro, por peso o porque Verónica realmente nos contestaba a nuestras dudas del futuro. Y así un día tras otro. Siempre al caer el sol. Cuando la era quedaba vacía y se llenaba de trillos vacíos que esperaban ansiosos una nueva jornada para volver a su aburrida y rutinaria ruta circular que nunca les llevaba a ninguna parte.

Aquello no era más que una forma de pasar el tiempo, aunque a veces daba miedo. Solo éramos niños, pero sabíamos que aquel juego no entraba dentro de lo normal. Quizás solo fuese una tontería, pero estaba claro que desafiábamos a algo extremadamente desconocido.

Uno de aquellos días, a otro de los niños se le fue un poco la olla y nos hizo saber que al igual que nuestra amiga de Vitoria era capaz de comunicarse con Verónica tan solo con taparse la cara con sus manos, él era capaz de hacerlo con un tal Omnibus. Otro espíritu. Tiene huevos. Éramos pocos, que parió la abuela. Aunque este nunca nos contó su leyenda. Digo yo que porque el coco ya no le daba para tanto y con hacer un poco el paripé ya le servía para lograr su protagonismo. Para darle más realismo, eso sí, y ese punto macabro que te rulas al asunto, este sinvergüenza solo se comunicaba con su ente particular acostado sobre una tumba. Así que muchas tardes entrábamos a escondidas en el cementerio para que aquel charlatán de Valladolid dejase volar su imaginación y de paso nos prometiese el universo a los demás a la vez que nos metía el miedo dentro.

Hoy sé que nada de aquello fue serio, más que nada porque a mí aquel libro me vaticinó una docena de veces que me casaría con una muchacha que hace veintitantos años no he vuelto a ver y que jugaría de portero en el Athletic Club de Bilbao, cuando en la actualidad aborrezco el fútbol tanto como a “Sálvame“. Pero curiosamente, siento más miedo hoy al recordarlo, que entonces al invocar a la Vero.

martes, 18 de mayo de 2010

Laura Fernández




Amanezco a las tres y pico de la tarde por razones laborales y tras la meadita de rigor y una breve ojeada al exterior desde mi terraza por ver lo que el tiempo me depara para el resto de jornada, enciendo mi portátil mientras calienta el agua de la Nespresso y entro en mi Facebook. Que a estas alturas creo que sobra ya que uno explique en qué consiste este fenómeno social de la red al que estamos enganchados millones de borreguitos y al que otros tantos critican sin tan siquiera conocer, por razones obvias de la madre ignorancia, elementalmente.
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Un par de solicitudes de amistad, un mensaje nuevo de mi viejo amigo "el moreno", una invitación a un concierto de Lorca en Madrid al que no podré asistir y una sugerencia de grupo al que unirme. El grupo en cuestión se hace llamar "Vamos a conseguir que entre todos Laura pueda curarse". Acepto a los amigos, a los que por cierto hace años perdí la pista y gracias a este invento me han encontrado, leo el mensaje del moreno, rechazo la invi del concierto del que para mí es uno de los más grandes cantautores del país a la vez que incomprendido por la puta industria y el negocio de la música e ignoro lo del grupo de la tal Laura sin tan siquiera ver de qué va el jaleo. No por nada, pero es que uno anda saturado ya de tantos grupos que solo sirven para colapsar el perfil y mi página principal del Face. Y además, que ayer hice limpieza, qué coño.
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Horas más tarde es un telediario de la noche lo que llama mi atención. Hablan de Laura. La del Facebook. Y resulta ser una niña madrileña que con solo tres o cuatro añitos de presencia en este raro mundo, padece una extraña enfermedad de esas que en este país parece que no se tratan. No se si por falta de medios, de personal, capacidad médica o intelectual o simplemente por carencia de dinero, que aquí bastante tenemos con pagar cantidades infinitas a galácticos del balón, Alonsitos Efe Uno y políticos caraduras expertos en tocar los cojones y los duros a sus propios electores. Que ya tiene huevos la cosa.
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El caso es que me pongo en "on" y le presto atención a la noticia como pocas veces lo hago con la mierda de la tele, para posteriormente rebuscar en las entrañas del caralibro, o como Dios quiera que se traduzca esto del facebook, lo del grupo ese que ignoré. Laura, tres añitos. Una extraña enfermedad llamada Anemia Sideroblástica Hereditaria le complica la vida. Transfusiones de sangre cada poco tiempo le ayudan a seguir sonriendo, pero no es el tratamiento adecuado. Esos cambios de sangre terminan por dañarle otros órganos vitales y necesita un trasplante de médula cuanto antes. Y se hace imprescindible su traslado a Estados Unidos. Que aquí tenemos a los mejores, sí señor. A los mejores futbolines, montañeros, banqueros y empresarios de la moda cutre y mala tipo Zara o similar. Pero de genios de verdad, poca cosa. Y si hay, no preocupan ni salen nunca por la tele.
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Y al final lo de siempre. El precio de la vida. El puto dinero. Jodido dinero que todo lo manda. Porque la familia de Laura es de las corrientes. Como la tuya o la mía. Y piden nuestra ayuda. Así que desde estas líneas pido, clamo y grito, que se les ayude. Aunque sea poquito, pero que se les ayude. Cada uno en sus posibilidades, aunque solo sea corriendo la voz, que ya es bastante. Y de paso les recuerdo y exijo a aquellos que ofrecieron un avión por la puta cara a un cubano en huelga de hambre por voluntad propia, que le echen cojones al asunto y hagan lo mismo esta vez y se lo pongan a esta niña. Y al Santander, que tanta pasta le suelta a Alonso. O a Endesa, que financia ochomiles a trocho y mocho con lo que me sisa por encender la luz de casa o calentar el bibe de mi hijo al baño maría. O a mi gobierno autonómico, que invierte lo que ni de coña sobra en tiempos de crisis en estadios futboleros. Señores, mójense un poco, que vale más la sonrisa de Laura que todos sus proyectos circenses. Y que lo cortes no quita lo valiente, qué cojones.
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Y termino recordando a aquel colega del que ya les hablé en otra ocasión. Ander. El hombre vaca. Si no recuerdan o son nuevos en este blog, solo han de bajar hacia abajo en esta página con el ratón. Que bien triste e injusto considero que se financien operaciones de dudosa vinculación con la salud y las autoridades sanitarias miren mientras hacia otro lado en casos tan dramáticos como este. O como ocurre con los bebés de cabeza plana. ¿Se han fijado alguna vez en esos niños que raramente superan el añito de edad que van en su sillita con un casco extraño y blanco que les cubre la cabeza? Es un artilugio destinado a corregir la cabeza plana del bebé, ocasionado generalmente por la postura boca arriba del niño en la silla y en la cuna. La próxima vez que vean uno, piensen que sus padres han tenido que gastarse casi cuatro mil euros en dicho casco, que por cierto, generalmente viene también de EEUU, porque la sanidad pública no lo cubre. Así de cruel, verdad? Igual de triste que lo que sucede con Laura. Por cierto, ¿les he dicho ya que solo tiene tres añitos? Como bien decía el portero de aquella serie de la tele, "un poquito de por favor..."


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Para más información buscar dicho grupo en Facebook. Más de 18.000 personas se han unido ya. La fotografía de Laura está extraída del propio grupo mencionado, abierto a todo el mundo por sus administradores y está colocada en este blog con el único fin de dar a conocer la historia y de ayudar en lo posible.